Hay noches en Bolívar y Pellegrini en las que el fútbol pasa a un segundo plano para darle lugar a la mística. Lo que sucedió en el 2 a 1 de San Martín frente a Atlético de Rafaela no se explica tanto con tácticas o estrategias, sino con esa energía invisible que baja desde los cuatro costados cuando el hincha se siente representado por el equipo y, sobre todo, cuando percibe que lo están perjudicando. Fue una victoria cocinada a fuego lento, en una noche en la que el termómetro emocional explotó mucho antes del pitazo final.
A lo largo del segundo tiempo, el calor fue en aumento. Dos o tres jugadas de penal, en las que el árbitro Bryan Ferreyra eligió mirar para otro lado, comenzaron a caldear los ánimos. Esto derivó a la expulsión de Hernán De Camilo, integrante del cuerpo técnico, por protestar lo evidente, y el clima de hostilidad continuó en alza. Pero, a diferencia de otras noches, la impaciencia se centró solo en los jueces y en el rival: esta vez no hubo murmullos para el equipo. La Ciudadela leyó el partido a la perfección: vio a un San Martín con una actitud voraz, y decidió que la hinchada se encargaría de empujarlo aún más.
Comunión total
El equipo se contagió de ese rugido. Mientras Rafaela hacía tiempo de manera sistemática, el hincha redoblaba el grito. Esa conexión fue la que sostuvo el ritmo en los minutos finales, transformando la bronca en un combustible que obligó al rival a retroceder hasta quedar acorralado. El gol sobre la hora fue el estallido de una caldera que ya no aguantaba más presión.
Al salir del estadio, el análisis de los simpatizantes fue unánime. Diego López remarcó que, más allá de las decisiones técnicas, “San Martín lo gana por el empuje que tiene y por los jugadores, que dejaron todo“. Esa percepción de entrega total fue lo que blindó al equipo contra cualquier crítica desde la grada durante los 90 minutos.
Por su parte, Federico Avellaneda notó ese cambio de aire en el ambiente: “En este partido se vieron otras ganas“. Para él, esa “otro ánimo” fue el factor determinante para sobreponerse a un contexto arbitral que parecía inclinar la cancha a favor de la visita.
El sentimiento de “triunfazo” se palpaba en cada rincón. Oscar Gómez destacó cómo la entrega de los futbolistas fue el motor de la efervescencia del estadio: “La tribuna se motivó más en el segundo tiempo por el tiempo que hacían ellos y por el árbitro, pero especialmente porque veíamos que nuestros jugadores se mataban“.
En la misma línea, Raúl Sérpico subrayó que se sintió “algo totalmente distinto al partido anterior” y que “los mediocampistas estuvieron más en sintonía”, lo que permitió sacar adelante un resultado que parecía bloqueado por factores externos.
Tras el final, en la zona de plateas, la gente bajaba por las escaleras cantando, con los brazos en alto, como si se hubiera ganado un partido de campeonato.
Esa marea humana, todavía con la adrenalina a flor de piel por la batalla ganada al referí y al reloj, no tardó en cambiar el chip. Los cánticos de victoria se fundieron casi instantáneamente con el grito de guerra para lo que viene: “este viernes, cueste lo que cueste, este viernes tenemos que ganar”. Entre escalón y escalón, el mensaje fue claro: la fiesta continuará frente a Banfield en Salta. La posibilidad de pasar a octavos en la Copa Argentina ya es la nueva obsesión para un pueblo “santo” que se fue a dormir con el pecho inflado, sabiendo que, cuando el equipo pone lo que tiene que poner, La Ciudadela hace el resto.